La “Fedra” de Cocteau y de Georges Auric que apasionará a París

Jean Cocteau -este Picasso de las letras- se cansará de todo, excepto de sorprendernos. Uno tras otro, retoma los temas eternos, los grandes mitos y, para estar más seguro, ante sus propios ojos, de que no han envejecido. Los transpone, los acomoda según (también) la empresa que ejerce sobre él el cine.

Fedra no se le podía escapar, Fedra, ilustración eterna de la no menos eterna Venus, toda entera a su presa “atada” – Fedra, ancestro real pero insatisfecho de la Lea de Colette o de heroínas mauriacnianas.

Entonces, Cocteau cortó a Racine -sin dejarlo en pedazos. Unas veinte escenas siguen, paso a paso, la tragedia clásica y la mutan en “tragedia coreográfica” fiel -con algunas sutiles ironías casi- a la obra madre. ¿Se ha convertido en un ballet? No: un mimodrama tal vez por instantes, pero más bien sobre todo, según la denominación misma del programa, una “acción danzada” donde Serge Lifar se adaptó al anarquismo inmutable del mito primitivo tan fácilmente como a las innovaciones del poeta que recurre a la fotografía (fotos gigantes de Brassaï) para narrar ciertos episodios, para evocar a ciertos personajes.

Imposible con tan pocas palabras analizar todo el contenido de una obra tan considerable. Las controversias suscitadas prueban por sí mismas que los espectadores de la creación asistieron sin duda a una première de la que hablará la posteridad como de la première de Isadora o de “La consagración de la primavera”.

Jamás Cocteau se afirmó como escenógrafo, como artista plástico de manera tan poderosa, tan deliciosamente original, por el estilo, por las tonalidades del vestuario, por el recurso osadamente anacrónico de las fotos. Y raramente puesta en escena alcanza esta donde los ensambles -danzas píricas, danzas de marineros, ciertos pas-de-deux, ciertas variaciones- bien parecen destinadas a convertirse en clásicos.

Marco esencial, la partitura de Georges Auric permanece igual, de un extremo a otro, en su poder dramático, en su elocuencia orquestal, en su densa y múltiple riqueza. Fue interpretada en muy trágica actitud y ritmo por Tamara Toumanova, con su habitual virtuosismo por Lycette Darsonval, con la más graciosa inteligencia por Liane Daydé. Como Hipólito, Serge Lifar animó el tormento con una incontestable nobleza plástica a la que se enfrentó el señor Ritz como Teseo. El cuerpo de ballet, en su conjunto, compartió por cierto las prolongadas ovaciones que saludaron a esta creación nueva (y a la profunda repercusión) debida a la Academia nacional de danza.

Sin título 2

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