El poeta se calza los coturnos

“El barón fantasma” está filmándose en el estudio Saint-Maurice. En esta película de la cual ha escrito los diálogos, Jean Cocteau encarnará (si se puede decir) a un fantasma.

No es la primera vez que el autor de “La voz humana” se calza los coturnos. Como poeta se siente demasiado atraído por el mundo de ensueño del teatro como para no desear apasionadamente pisar las tablas y participar en el juego.

Sobre sus escasas apariciones bajo los reflectores, Jean Cocteau quiso escribir algunas anécdotas para nuestros lectores.

“Actué yo mismo en muchas circunstancias en las que faltaba un actor y cuando no podía confiar un papel a cualquiera. Es por eso que Pitoëff me pidió interpretar el papel de Heurtebise en la reposición de “Orfeo”, es por eso también que me vi como Mercurio en el “Romeo” de las Soirées de Paris.

Esa la época de los escándalos literarios, pero ese tipo de escándalos son batallas indispensables y en las que deben triunfar las obras sólidas.

Tengo una memoria muy mala y cuando hacía “Orfeo” sufría en las bambalinas. Solamente, el admirable Pitoëff tenía ese defecto de cambiar su personaje a último minuto y pedirle a su portero de soplarle a la izquierda y a su cocinera de soplarle a la derecha. De eso resultaban a veces catástrofes bastante cómicas.

En “Romeo”, otro sistema. Yo había cortado el inmenso monólogo y, apenas el joven Mercurio abría la boca en la puerta del baile, que sus camaradas le gritaban: “Basta, basta, nos aburrís”. Marsan, que hizo sobre ese Romeo una serie de artículos maravillosos, lo llamaba el colmo de la insolencia. Nunca me animé a decirle que solo mi memoria me había motivado a esa supresión.

La última vez que actué fue en “La máquina de escribir”. Debía reemplazar a Baumer, enfermo, y esa vez leía el texto. En el momento en que digo esta frase: “Si usted cree que esto me divierte de representar el papel que represento”, la sala entera estalló de risa. Una vez que entendí la risa, me tocó a mí ponerme a reír y el público me consoló con aplausos.

Termino contándoles que lo ideal, para un dramaturgo, sería interpretarse a sí mismo.

La memoria y el pánico escénico me lo impiden.

coturno

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