Coctealogía

El señor Jean Cocteau es un prestigioso director teatral. Ejerce una sutil e inquietante seducción sobre los dandis en mal de dadasnobismo y de relax epicúreo.

Ser complejo y punzante, superior sin tener jamás aire de hacerlo a propósito,baila en la luz como una libélula (género calopteryx elegante) con algunas caídas en barrena, molesto, irritado, deslumbrado, alambique sus ideas, laberinto sus sentimientos. Su alma obsesiva se desliza en suntuosas claridades, se aplica radiante a la sombra de la gente joven en flor y se vuelve el lirio simbólico de este jardín metafórico.

Este poeta sibilino, mallarmeano, dadaísta, gidista; este caballero de la fantasía, increíble, ondulante, de ensueño: “este genio del contrasentido y la desidealización”, como lo insinúa el señor André Breton, descolla en los ballets, los sobreballets, los triballets y los superballets.

Las Veladas de París, bajo su impulso, denuncian el fin del fin, la audacia del ingenio, los gestos sintéticos, un ritmo que se confunde con una suavidad quintaesencia a la manera del autor de La gran separación, manera fuertemente atrayente, sin duda, pero inaccesible para esos que no pueden, lamentablemente, alcanzar las alturas vertiginosas del pensamiento o las cimas inexploradas de la estética.

Esa fue una sucedánea artística infinitamente deseable pero contraria a nuestro estómago fácil.

¡Qué quieren!

La cigarra, habiendo cantado todo el verano,

se encontró muy desprovista

Cuando el señor Cocteau hizo su entrada.

Este príncipe frívolo, afeminado como un paje, liviano como una bailarina y frágil como un Sevres, este camaleón hizo, luego, una acrobacia impresionante en el trampolín literario.

¡Y ahí no vimos más que el moretón! Sin embargo, esta vez la N.R.F. no estaba involucrada.

Se insinúa… se dice que… se adelanta… pero el señor Jean Cocteau se cubre con el manto de la modestia.

Esta indiscreción merecía ser recordada. No fue observada sin embargo por los que evidentemente no tenían ningún interés en hacer un chisme sensacional.

El señor Jean Cocteau se cuida bien de hacer frente a ciertos rumores. Se hace el indiferente. Y, sin embargo, ¡si el señor Jean Cocteau quisiera hacer un balance de literatura francesa!

Pero el autor de Una novia sobre la Torre Eiffel holgazanea voluptuosamente en su torre de marfil (algunos pretenden que “mosaiquea” bajo una carpa en compañía de su amigo Pablo Picasso). Sueña con camuflar esta aventura. Su espíritu tiende ya hacia otras realizaciones en vistas a una visita sorpresa al señor Frédéric Lefebvre.

Inevitablemente la gloria póstuma del joven Raymond Radiguet salpicó al susodicho coautor del Baile del Conde de Orgel. Y el señor Jean Cocteau, no pudiendo resistir a esta halagadora suspicacia, con una sonrisa de ironía afectada, ya adornó su cuerpo de efebo con plumas de pavo.

El señor Jean Cocteau no siente más la alegría. Está encantado y la burla toca su corazón magnífico y sensible como un homenaje.

¡Ah, qué talento tiene este poeta!

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