El nuevo ritmo para un clásico

Se sabe que el conde Étienne de Beaumont organizó en el Teatro de La Cigale manifestaciones teatrales de arte moderno. Una de las más brillantes de estas «Veladas de París» era la que, el lunes pasado, agrupaba a todas las personalidades del mundo artístico para asistir al ensayo general del nuevo espectáculo dado por Jean Cocteau.

Jean Cocteau comenzó en el teatro con ballets, Parade, El buey sobre el tejado y Los novios de la torre Eiffel, donde el elemento plástico y el ritmo tenían naturalmente el primer lugar. El año pasado, con la adaptación de Antígona, en el teatro del Atelier, este año con el Romeo y Julieta de La Cigale, prolonga en las obras propiamente dramáticas las búsquedas inauguradas por los ballets.

Es decir que la gran novedad de la adaptación de Shakespeare proviene del ritmo nuevo -del renovado- impuesto a la obra.

Ya teníamos bastante de actores gesticulantes y declamantes; gracias a Jean Cocteau, la tragedia retoma su gravedad y, por así decir, su pesadez: gestos medidos y estilizados, recitación perceptible y escaldada, esas son las dos cualidades que devuelven a la escena del balcón y a la muerte de Julieta toda su poesía y su plenitud.

Pero dos dificultades resultan, lo admitimos, de esta nueva técnica teatral. El texto -sea de Sófocles o Shakespeare-,¿ se presta siempre a este ritmo nuevo más lento y grave? Sin duda no y tal es la razón que empujó tal vez a Jean Cocteau a suprimir en las dos obras pasajes más ligeros y sutiles, para no conservar sino aquellos de mayor intensidad.

Y además, ese ritmo que conviene perfectamente a las escenas poéticas o trágicas, ¿se adapta igualmente a las escenas cómicas, burlescas incluso, tan frecuentes en Shakespeare? Nos parece encontrar ahí cierta discrepancia, la gravedad de los gestos no cuadran siempre con la fantasía del texto.

Pero esas son críticas detallistas.

En su conjunto, el espectáculo dado por Jean Cocteau es de una extraña calidad. En el momento en que los espectáculos clásicos del teatro francés huyen con frecuencia en retirada, hay que saludar a este hombre de teatro al que le gusta trabajar bien y -cosa más rara de lo que se crea- por la puesta en escena.

Todo participa a la perfección del conjunto y la música, orquestada por el señor Roger Désormière según viejos aires ingleses y los actores que se plegaron con una extraña inteligencia a las exigencias del espectáculo (las señoras Yvonne Georges, Andrée Pascal y los señores Marcel Herrand y Jean Cocteau (él mismo), finalmente la escenografía y los trajes del señor Jean Victor Hugo, quien supo, sin recurrir al pastiche y usando los descubrimientos más ingeniosos del arte moderno, encontrar el estilo de los trajes y la puesta en escena contemporánea de Shakespeare.

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